viernes, 8 de noviembre de 2013

Radares e interferencias: Bolaño y la Revuelta del Realismo


Al contrario de lo que puedan opinar muchos escritores fascinados por la pauta de escándalo que les dicta ir contracorriente porque sí, Roberto Bolaño es el último gran escritor moderno. Dígase lo que se diga, la estela de impacto del escritor trascenderá mucho más que las entradas virtuales que puedan registrar los sitios online donde publican sus críticos rabiosos. Es decir, la literatura de Bolaño no es una invención del editor de Jorge Herralde —éste sí insigne vampiro del mundo editorial. La literatura de Bolaño cierra y engulle como un hoyo negro la literatura moderna, desde lo más racional a lo más experimental. Todo lo moderno se condensa en Bolaño. Bolaño es resultado de todas las estéticas —tanto realistas como rupturistas— que dejó esa visión de mundo, esa civilización, esa cultura. Después de Bolaño la realidad (y el realismo) están en otra parte.

No por otra cosa a los trasnochados del presente todo lo que suena a pasado les resulta insípido y ajeno, porque los códigos cambiaron. Sin embargo, al nivel de la consciencia, el ser y la imaginación, ¿vale la pena cancelar la historia de las ideas? Es decir, ¿las ideas mueren? ¿El pensamiento evoluciona? Ideas are bulletproof anunciaba V en V de Venganza. A propósito del tipo de sociedades y violencias que marcan la hora actual (que es decir al menos los últimos 100 años), me parece no solo interesante sino necesario repensar el valor del realismo como oportunidad, como creación, como estímulo y como moral. El filósofo húngaro Georgy Lukács lo planteó hace más de cuarenta años en un texto fundamental Significación actual del realismo crítico: caer en la angustia o salir de ella: «la misión ideológica inmediata de la intelectualidad burguesa es la superación de la angustia… para salvarse de la cual se precisa, no la realización actual del socialismo, sino el esfuerzo de toda la humanidad por su propia salvación». Y que quede claro que al decir burguesa lo hace con conciencia de clase, es decir, comprometido.

¿Realismo, Bolaño, en plena segunda década del siglo XXI? Sí. Pero el realismo hoy en día no es el mismo realismo de hace 50 o 100 años; por lo mismo, se propone la apropiación (es decir el hackeo según los códigos nuevos) de la formulación realismo crítico para dar un paso de costado con respecto a su cariz específicamente marxista y adecuarlo a una realidad distinta, la nuestra. En el caso de Bolaño, a un tipo de escritura gestada en el punto de transición entre la manera moderna de entender la realidad y la realidad de nuestros días.

Si Bolaño es el último escritor moderno y si Bolaño es resultado de todas las estéticas modernas (racionalismo, realismo, romanticismo, vanguardia, contracultura, etc) porque, literalmente, las devoró, entonces su escritura valdría plantearla como la unión de dos contrarios, del agua y el aceite, el realismo y el vitalismo. Bolaño es más moderno que nada: Irónico como Friederich Schlegel, metódico y retratista como Flaubert pero asfixiante como Kafka,  Bolaño devoró la estética del mundo moderno para destilarla en sus emociones y traducir estas en literatura. Si bien el vitalismo nos remite a un movimiento filosófico que surge en Europa en la segunda mitad del siglo XIX y que reivindica «la vida» (y la vida concreta) como criterio último de toda la actividad filosófica y como realidad radical, como lo más esencial del ser humano, y uno de sus postulantes más férreos sería un filósofo querido por el escritor chileno, Friederich Nietszche, el vitalismo de Bolaño no podría desentenderse de la crítica, es decir, contiene un sustento racional ineludible, a la manera de Ortega y Gasset, quien proponía la búsqueda de una razón vital por encima de la consideración de la razón especulativa.

En 2008, un crítico de The New Yorker, el inglés James Wordm publicó el libro Los mecanismos de la ficción. Cómo funciona la novela (Gredos) el cual tiene que ver, sobre todo en las últimas páginas del libro (con un corpus de 200 páginas), con la plena vigencia de la estética del realismo para la literatura del siglo XXI como mecanismo de fabricación de una verdad moral que es el fundamento de la gran literatura como experiencia del mundo. Por ende, se trata de un libro que contradice los postulados de la crítica posmoderna hegemónica que dan por muy pasado de moda el realismo como matriz de la novela de los últimos 150 años, aunque los mismos posmodernos lo usen algo agitados (a eso Wood lo llama realismo histérico, y se lo endosa a Don DeLillo o Thomas Pynchon). En su texto, Wood propone restituir honor al viejo realismo, aspira a seguir aprendiendo en Flaubert, Tolstói, James o Proust “porque no sólo no son una intolerable forma de anacronismo o, peor aún, de conservadurismo off sino que sus lecciones no han perdido nada de lo que las hizo magistrales...” Narrar la experiencia del mundo con la complejidad y los matices (con la verdad, que él mismo entrecomilla prudentemente) de esos y otros autores realistas nunca podrá ser una forma de reaccionarismo sino un cauce solvente, poderoso, fecundo y algo devaluado en los últimos años.

Para revalorar el realismo crítico hay que volver a Lukács, cuyo tratado de la novela y sobre el realismo no ha perdido vigencia, en principio por el fracaso de los estatutos humanistas modernos que prometían la realización total de un mundo justo. En efecto, cambió el contexto, pero lo que no ha cambiado es la condición mejorable del individuo y de la sociedad. En esa misma lógica la utopía se convierte también en necesaria pero dándole un giro como lo afirmó el alemán Herbert Marcuse en los 60 o, para el caso latinoamericano, Adolfo Sánchez Vázquez en los mismos años pero reforzado con el pensamiento contemporáneo del italiano Claudio Magris cuando éste último propone unir a la utopía con el desencanto y viceversa. Vistas así las cosas, la utopía sería, por ende, una facultad de la crítica que se nutre de la imaginación en pos de un futuro mejorable pero con el ingrediente del desencanto; es decir, de una mirada larga, más clara, capaz de ver las cosas como son en sí mismas, sin auto engaños ni justificaciones, sin añadir el condimento de las propias aversiones, resentimientos, miedos o prejuicios que en cambio producen nuevos velos y encantos que encubren, a su vez, el significado profundo, más verdadero y dialéctico, de los fenómenos. La utopía recupera también sentido pero no sola sino acompañada del desencanto. La utopía es  una de las formas de la imaginación, materia prima de la literatura.

La teoría lukacsiana tiene muchas posibilidades de recuperación y de vigencia porque el sustrato filosófico sigue siendo vigente, en principio, y lo que importa para este esbozo de ideas es la recuperación de una postura que sea tanto una política como una moral: la crítica radical ante la realidad existente tal como la estamos viviendo. En esa medida es necesario repensar muchos asuntos que aparentemente estaban ya rebasados. Por lo mismo, engarzo la autenticidad buscada por el realismo crítico de finales del XIX e inicios del XX con la vitalidad de la prosa descarnada de algunos escritores de finales del siglo XX e inicios del XXI, como Bolaño, a través de la pauta fundamental de crítica de la realidad y el sujeto, en un universo post épico, un universo donde rige la inconsistencia.


Voltear la mirada hacia la realidad concreta, es decir, aquello que genera los dramas intensos de la subjetividad profunda, es un mapa de estrellas, una constelación cuando se ha perdido toda referencialidad y todo sentido de que dicha realidad sea cognoscible, pues la experiencia se liquida en la inmediatez, el plano o la pantalla y la atroz falta de perspectivas, como apuntaría Lukács. Tal vez esta situación no tenga remedio o no lo requiera, una situación en la que sistemáticamente hemos ido abandonando lo verdaderamente importante, lo verdaderamente vital: «Nadie presta atención a estos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo» (Bolaño, 2666, pp 239).

@freilax

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